miércoles, 30 de septiembre de 2015

EL CAMINO DEL CAMINANTE. Cap. 16: Por el altiplano.

Brujo entre los aymaras

A mediados de octubre de 1971, tengo que iniciar visitas a comunidades aymaras de Jesús de Machaca y llego a Q”onq”o Likiliki en compañía de mi amigo Antonio. Primer contacto con esas comunidades cuyo nombre no me resultará fácil al comienzo, al igual que el de Sullcatiti Titiri… Paciencia, poco a poco trataré de aprender no sólo el nombre de las comunidades sino el idioma mismo.

En Q”onq”o Likiliki encontramos a Eustaquio, un catequista que se encarga de enseñar la biblia a sus hermanos campesinos. La biblia está traducida al aymara. Y esa noche, a la luz de unas velas y envueltos en ponchos para superar el frío altiplánico, llega el momento de dormir. En la única habitación, que es comedor y cocina  -así se expande el calorcito del fogón-  al mismo tiempo que dormitorio, Eustaquio y su señora se echan al suelo, mientras nos dejan a Antonio y a mí su catre de adobe para que extendamos nuestras bolsas de dormir…

Y ahí, mi primera dificultad: yo uso lentes de contacto. Tengo que sacármelos para dormir, guardarlos en su estuche, líquidos especiales para mantenerlos estériles.  Y todo ello ante la mirada asombrada de Eustaquio. “Es que yo me saco los ojos, Eustaquio”. “Nooo”, exclama asombrado. Mira al pequeño lente entre mis dedos, mira a mis ojos, están en su lugar… para seguir con la broma me los vuelvo a colocar… “¡Brujo es el padrecito!” Todos ríen… Y así, entre risas y bromas en lengua aymara, que todavía no comprendo, pronto se va extendiendo de familia en familia, que yo tengo ojos para quitar y poner. ¡Soy todo un brujo!


Primera crisis…

Jeep Toyota en 1972
Es el 1º de noviembre, día de TODOS SANTOS Y DIFUNTOS. Voy en el jeep Toyota a la península de Taraco, otra de las zonas lacustres que atendemos desde la parroquia de Tiwanaku. Mientras avanzo por caminos de tierra quedo absorto por la magnífica visión: el azul del lago Titicaca se confunde y hermana con el azul del cielo. Ese día hay que celebrar la misa por los difuntos y yo voy meditando en ese Dios de vivos que nos transmite e infunde vida porque “vine para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

Pero la catequesis transmitida por los conquistadores y sus descendientes hizo más hincapié en la muerte que en la vida, en el dolor que en la alegría del evangelio… La misa se celebra en el cementerio y, aunque yo haya preparado una homilía sobre el Dios de la vida, a los pobladores les interesa más que rece por los muertos, que rocíe con agua bendita las tumbas. 

Hago una bendición general al cementerio, echo agua bendita sobre las cruces enterradas y… cuando pienso retirarme se me acerca una señora: “padrecito, agüita en la tumba de mi bebé”, me acerco con paciencia, rocío el pedacito humilde de tierra, y se me acerca otra y luego otro… ¡Todos quieren que eche agua sobre cada una de las tumbas!
Reconozco que mi paciencia no es muy grande, miro alrededor y sólo veo tumbas, cruces, gente llorando y suspirando…, no encuentro relación alguna entre esa religión de temor y dolor con la que he estudiado durante mi formación en teología. Y exploto, les digo que ya no estoy para echar más agua, le entrego la cubeta al catequista aymara que me acompaña y le pido que él moje a toda la gente…, y como quien escapa de una pesadilla, me voy al jeep y parto velozmente hacia Tiwanaku.

Más tarde, recapacitaré sobre lo ocurrido, trataré de buscar una respuesta a esa religiosidad popular que no se fundamenta en muchos estudios teóricos, pero que siente y profesa la fe a un Dios forjado y transmitido por otra cultura ajena pero que se ha interiorizado en los aymaras… Y  tendré que plantearme si el Dios de la vida no sonríe también a quienes dan culto a los muertos…     

Navidad en el altiplano

Mi primera navidad en Bolivia, en 1964, allá en Charagua, en pleno Chaco, había estado dominada por el calor y la sed… Ahora, en cambio, mi primera navidad altiplánica, la viviría en casi una absoluta soledad y en el frío de los 3.800 metros. 

Aquel 24 de diciembre de 1971 me dirigí nuevamente a mi parroquia de Jesús de Machaca, pero decidimos con los catequistas de la zona, celebrar la Eucaristía y recordar el nacimiento del niño en una comunidad aymara: Qorpa.

Situada a orillas del camino que unía Tiwanaku, Guaqui y Machaca, la comunidad poseía un dinamismo propio de quienes desean superarse luchando contra la pobreza. Las casas diseminadas en la ladera del cerro quedaban protegidas de la inclemencia del frío y permitía organizar en los terraplenes parcelas para cultivar la papa. Era el modelo de terrazas implantado ya por los incas, antes de que llegaran los españoles.

Sin luz eléctrica, al anochecer, comenzó a iluminarse el cerro con las lámparas de kerosene que alumbraban el sendero hacia la escuelita de la comunidad. Y ahí, en medio de la austeridad altiplánica, recordamos el nacimiento de Cristo, hecho niño, luchando también contra el frío, arropado por los más humildes, por los pastores…  La lectura de la biblia acompañada por cánticos en lengua aymara dieron a la celebración un sentido de encarnación total: era ese Cristo, pobre entre los pobres, nacido para anunciar a los cautivos su libertad y despedir libres a los oprimidos (que profetizó Isaías, cap. 61 y Lucas, cap. 4), el que se hacía presente en aquella y en todas las comunidades aymaras.


Al terminar la celebración, las familias regresaron a sus viviendas. Y en el aula de la escuelita me encontré solo, con mi bolsa de dormir sobre el suelo de cemento, rodeándome con un poncho para sobrellevar el frío y como única compañía una radio transistor que me traía los acordes de villancicos y cantos tradicionales navideños. Era la radio Cruz del Sur, de la iglesia bautista, que transmitía desde La Paz. 

Esa noche, en mi soledad, pensando en mis padres y amigos del otro lado del atlántico y añorando ¡cómo no!, un pedazo de turrón, me fui durmiendo. Era mi primera navidad altiplánica: noche de paz, noche de amor...  

martes, 15 de septiembre de 2015

RETAZOS DE UNA VIDA. Cap. 15: La Paz

La llegada a La Paz, en los primeros días de septiembre de 1971 estuvo rodeada por mensajes cifrados y un cierto misterio dado que varios jesuitas estaban perseguidos por la dictadura militar y que, en la ciudad de La Paz, los paramilitares habían matado a un sacerdote belga, Mauricio Lefèbre, cuando se dirigía en una ambulancia para asistir a los heridos en pleno centro de la ciudad. La consigna era cuidarse. En Brasil ya se había producido un golpe militar y perseguían a los llamados “tercermundistas”. En Bolivia, pronto sucedería lo mismo. Y había que cuidarse para moverse por las calles sin llamar demasiado la atención.

Mi destino inicial en Bolivia era trabajar en Oruro; sin embargo, antes de instalarme en la parroquia del Sagrario, el provincial de los jesuitas me propuso visitar otras obras de la Compañía para que decidiera bien dónde sería mejor quedarme, no sólo para mí sino para los trabajos de los jesuitas en Bolivia…

Cabildo en Llallagua

En los centros mineros de Catavi, Siglo XX y Llallagua había un grupo de religiosos oblatos y dos jesuitas que atendían las demandas siempre insatisfechas de los mineros. Cuando se vive un promedio de 35 a 40 años, cuando se consume una persona al ritmo de la silicosis, la religión no satisface tanto dolor. De ahí que en las minas, religiosos y religiosas trataban de estar cerca de tantas familias que veían cómo se les iba la vida y cómo sus hijos heredarían el mismo mal: el mal del estaño extraído de los socavones de la mina…

Con el golpe militar de Bánzer se acentuó más aún el abuso y explotación hacia los mineros. Oblatos y jesuitas se pusieron del lado de ellos, inspirados en luchadores de la talla de Filemón Escóbar, Domitila Chungara y otros. Los intereses de los comerciantes y dueños de negocios eran opuestos a los de los mineros. De ahí que muchos pobladores de los centros urbanos mineros estuvieran en contra de lo que denominaban “curas comunistas”. Un compañero, Trolo, fue uno de los que sufrió ese rechazo a su compromiso con los más pobres.

Cerca de la fiesta de San Miguel (29 de septiembre) viajé a Uncía y llegué a tiempo para acompañar al jesuita y a los oblatos en el cabildo que organizaron las autoridades  para definir el futuro de los religiosos. Me impresionó ver la iglesia llena de hombres y mujeres que gritaban “¡afuera los comunistas!” y decidían que Trolo tenía que salir de Uncía… Al terminar el cabildo, hubo que salir de la iglesia por el pasillo que formaban los lugareños, con su puño en alto para tratar de golpear a los misioneros, aunque no pasó de una amenaza para asustar.

En la noche, reunidos oblatos y jesuitas en la parroquia de Llallagua y con apoyo del obispo de Potosí, decidieron permanecer en la región minera.

Otras visitas 

Visité Potosí, en donde me reencontré con mi amigo y compañero de estudios en México, Miguel. También en Potosí se estaba viviendo un momento de “cuidado prudente” ante la incipiente dictadura banzerista que trató de acallar la voz de los mineros. El paso posterior por Sucre me sirvió más para recordar los tiempos del magisterio que para decidir mi lugar de trabajo; si algo me quedaba claro era que las clases en colegio no eran lo que más me atraía… Santa Cruz era la ciudad donde se había iniciado el golpe de Bánzer, en el mes de agosto, y estaba muy fresco el recuerdo de los tres jesuitas jóvenes que tuvieron que escapar de la parroquia para no ser linchados…

Al final, llegué a La Paz a visitar una comunidad nueva que recién habían abierto los jesuitas: la Illampu, así conocida porque era una vivienda situada en esa céntrica y popular calle. La primera y muy grata sorpresa: Lucho Espinal, a quien no había vuelto a ver desde mis estudios de filosofía, en San Cugat, me abrió la puerta. ¡Había sido profesor de lengua griega!, pero después eligió especializarse en cine y periodismo. 

Además de Lucho, en la misma comunidad vivían otros jesuitas (Xavier, Papaco…), y tres matrimonios jóvenes perseguidos por la dictadura. El ambiente comunitario era excelente y compartían también con los hijitos de los matrimonios. Me recordó a la comunidad de Tecualiapan, en México.

Sin embargo, el departamento estaba totalmente ocupado y me hablaron de otra comunidad de jesuitas que tenía el “sello de avanzada” y que valía la pena conocer: era la parroquia de Tiwanaku, en el altiplano paceño. 

Tiwanaku


Iglesia de Tiwanaku


La Parroquia de Tiwanaku está situada en la plaza principal del pueblo, toda ella de piedra procedente de las ruinas arqueológicas. Cuando en el siglo XVI llegaron los conquistadores españoles trataron de arrasar con lo que ellos consideraban superstición, idolatría. Las pirámides construidas, según estudios arqueológicos, por lo menos 1600 años a.C., fueron saqueadas y en parte demolidas[1].

Y qué mejor gesto para la cristiandad de aquel tiempo que sacar las hermosas piedras talladas por la sabiduría de la cultura tiwanakota y construir con ellas el templo católico donde ahora sí se les daría un destinado “civilizado”: celebrar la misa, realizar  bautizos y administrar todos los sacramentos, aun cuando la población originaria no entendiera los rezos en latín… Fue la civilización impuesta por la cruz y la espada.




Puerta del sol, en las ruinas de Tiwanaku



Era tal la riqueza arquitectónica de las instalaciones que con aquellas piedras se construyó la estación del ferrocarril entre Guaqui y La Paz, además de las iglesias de Tiwanaku, Laja[2], Guaqui, Jesús de Machaca y Andrés de Machaca. 








La comunidad de jesuitas de Tiwanaku estaba conformada por compañeros jóvenes, con algunos de los cuales había compartido durante los estudios de filosofía y teología. El grupo además estaba muy comprometido en el trabajo con los campesinos aymaras: alfabetización y educación de adultos, formación de catequistas y diáconos casados, atención a la salud. Era la comunidad ideal para incorporarme y fui muy recibido por todos…

Habitación en la parroquia
La parroquia abarcaba un gran número de comunidades aymaras extendidas en la provincia Ingavi: Tiwanaku (como sede del equipo), Tambillo, Taraco, Jesús de Machaca y San Andrés de Machaca. 

Se trataba de una comunidad de jesuitas que se había iniciado con visitas esporádicas de dos jesuitas, que desde La Paz viajaban en moto hasta Tiwanaku y que, posteriormente, establecieron su sede en el pueblo; después de esos dos pioneros (ya fallecidos actualmente) se unieron otros estudiantes, jesuitas y no jesuitas. El cierre de la universidad de La Paz (UMSA), decretado por el gobierno de Bánzer, favoreció la incorporación de algunos jóvenes al equipo de Tiwanaku.

Estudiantes de medicina con una inquietud social y deseo de atender en una posta de salud que apenas contaba con medicamentos empezaron a dedicar sus conocimientos en la atención a la salud. Se incorporaron estudiantes de pedagogía y sociología. Chicos y chicas viajaban desde la sede de gobierno a las comunidades para apoyar el trabajo de los jesuitas.

Era como el grano de mostaza del que nos habla el evangelio: de los dos religiosos del inicio se pasó a un grupo de ocho jesuitas y ocho o diez voluntarios, además de las comunidades religiosas fundadas en el mismo Tiwanaku, en Laja (donde fijó su sede el obispo auxiliar, Adhemar Esquivel), en Tambillo, en Jesús de Machaca, San Andrés de Machaca y al final en las mismas comunidades aymaras de Masaya y Wakullani.

Un equipo pleno de vida, con un gran obispo originario aymara que hablaba y celebraba los sacramentos en el idioma propio de los campesinos y un equipo que además coordinaba las tareas con las parroquias de Viacha (sacerdotes de San Luis, EE.UU), de Huarina y Achacachi (con los misioneros Maryknoll de EE.UU.) y que se extendía hasta el altiplano aymara en Perú (la prelatura de Juli). Se iba gestando la idea de la nación aymara así como de la propia iglesia aymara… Un sueño, una utopía, pero había que trabajar por ella.


[1] Tiwanaku quedó abandonado a raíz de un cataclismo que habría destruido esa civilización. Posteriormente fue víctima, durante cientos de años, de innumerables depredaciones ocasionadas por buscadores de tesoros, cazadores de amuletos y metales preciosos, y de la ignorancia de sus nuevos habitantes. Monolitos y otras piezas esculpidas formaron el terraplén del FF.CC. Guaqui-La Paz y sirvieron, asimismo como material de construcción de viviendas además de la edificación de la iglesia del actual pueblo de Tiwanacu.

[2] Población situada en el altiplano a 36 kms de La Paz, y 3.600 mts. de altura fue el lugar donde el capitán español Alonso de Mendoza estableció la sede del gobierno, en 1548. Posteriormente él mismo se trasladó a un valle donde fijó definitivamente la ciudad de Nuestra Señora de La Paz.

viernes, 21 de agosto de 2015

RETAZOS DE UNA VIDA. Cap. 14: DE NUEVO EL MAR (3ª parte)

Veintidós días de viaje por mar ofrecen momentos de relax, de serenidad al contemplar el inmenso azul sin límites, pero también hay días monótonos en los que sólo el sonido del oleaje golpeando el navío o la visión de los delfines siguiendo la estela del barco nos acompañan en esa mini-ciudad flotante.

Bautizo del ecuador

Cuando salimos de Barcelona y durante la primera mitad del viaje, nos trasladamos por el hemisferio norte: nuestra brújula está dirigida siempre hacia la estrella Polar, aquella que guiaba a los navegantes que se atrevieron a surcar los mares en busca de nuevos mundos. Es la única estrella que no se mueve del sitio y por eso ofrece confianza como punto de orientación.

Esa misma estrella  -nos dirá el capitán del barco-,  a pesar del radar y de la tecnología moderna, sigue orientando a los navíos para que no pierdan el rumbo”. Y efectivamente, cada noche, desde el puente de mando en la proa, comprueba su brújula para que se mantenga firme en la ruta. “¿Y si hay niebla o llueve?”         -pregunto al capitán-.  “En ese caso disponemos del radar”.   

Transcurridos varios días de navegación y después de dejar atrás el mar colombiano aparece en el horizonte otra constelación diferente: la Cruz del Sur, mientras la estrella Polar se difumina cada vez más lejana en la bóveda celeste…


La Cruz del Sur nos guiará en adelante y será nuestra guía hasta llegar a Bolivia y contemplarla como fiel compañera en ese altiplano paceño tachonado de estrellas.



El paso de un hemisferio al otro es motivo de festejo y la tripulación prepara una gran fiesta para celebrar el acontecimiento. Entre bebida, cánticos y baile, la actividad que despierta más el interés es el bautizo del ecuador: aquellas personas que realizan por vez primera el viaje y pasan por el ecuador son echadas a la piscina en medio de la algarabía y alguna que otra queja por parte de quienes desean tranquilidad y no mojazón…, pero al final, las sonrisas y la alegría se imponen.

Por suerte para los dos jesuitas navegantes, ya habíamos cruzado el ecuador cuando realizamos nuestro primer viaje, en 1964. En aquella ocasión, no nos mojaron por eso del respeto a la sotana que llevábamos. Ahora, vestidos de civil y sin distintivos especiales nos limitamos a explicar que hacía tiempo habíamos sido bautizados, no con agua del mar, sino en la pila de bautismo de nuestras parroquias…

Guayaquil

Como ocurre en todos los puertos siempre se encuentran abarrotados de trabajadores que cargan y descargan los barcos, policías que tratan de sacar algún beneficio de los productos importados, vendedores ambulantes y un sinfín de personas que hacen algo antipático el ambiente. Y Guayaquil no es la excepción…

Entre y seis y ocho horas de escala para que desciendan algunos pasajeros y otros suban, camino a Chile. Como en las otras etapas, Ramón y yo paseamos por el centro de una ciudad que no ha quedado muy grabada en mi memoria. Guayaquil no me impacta y espero que pasen los minutos para que la sirena del barco anuncie nuestra partida hacia Lima.

Lima

Al acercarnos al Perú se siente más cercano el ambiente sudamericano. Vecino de Bolivia, con un altiplano con el que comparte el lago Titicaca y una historia incaica similar, la escala en Lima resulta más atractiva porque además en el puerto del Callao nos espera una gran amiga, compañera de estudios en Lumen Vitae, en Bruselas. 

Con ella visitamos el majestuoso centro colonial limeño y nos lleva a conocer uno de los “pueblos jóvenes”   -genial eufemismo para designar a los campesinos que migraban desde el altiplano a la capital atraídos por el “encanto” de la modernidad-   en donde ella vivía en comunidad con otras religiosas.

La experiencia fue muy positiva y nos fortaleció para realizar la última etapa antes de llegar a Arica y dejar de contemplar el mar…

Arica, fin de la travesía

Por fin llegamos a Arica con la alegría de saber que estamos ya cerca de nuestra Bolivia, aunque con la inquietud de no tener mucha información sobre el asalto al palacio Quemado, en La Paz, llevado a cabo por Hugo Bánzer y otros golpistas.

El transatlántico es grande y sólo descenderemos en Arica cuatro pasajeros. El capitán nos comenta que la tasa por amarrar en un puerto es muy cara y, como quien dice, no vale la pena ese gasto para tan sólo unos pocos viajeros. 

Pide una lancha que al ser liviana y más rápida nos llevará al puerto:

-Traigan sus maletas para colocarlas en la lancha, mientras nos da un apretón de manos, pero…  
Capitán, además de las maletas llevamos también carga en la bodega, le recordamos cortésmente.

La puerta de la bodega se abre y con una grúa van subiendo a la cubierta nuestra “humilde” carga: ¡tornos y fresadoras para una escuela mecánica de Oruro! Y es que, en Barcelona, los jesuitas recogían toda la ayuda posible para Bolivia y aprovechaban los viajes de misioneros  para enviarla como “equipaje acompañado”, que resultaba mucho más barato. Gran sabiduría de los jesuitas que, como buenos catalanes, saben ahorrar…

El capitán tiene que pedir una barcaza extra, en la que pueda colocar toda la pesada carga, mientras que los cuatro pasajeros llegamos al muelle en la lancha.


Bánzer Suárez, flanqueado por Paz Estenssoro, del MNR y Mario Guriérrez de FSB
¡Por fin en tierra firme! El primero de septiembre de 1971, en el ferrobús Arica - La Paz realizaremos nuestra última etapa antes de pisar tierra boliviana y encontrarnos con la realidad de una dictadura que durará siete años…

jueves, 13 de agosto de 2015

RETAZOS DE UNA VIDA. Cap. 13: DE NUEVO EL MAR (2ª parte)

Con el sabor del mar y del salitre caribeño, enfiló el buque hacia el istmo panameño. Los recuerdos de la despedida de Barcelona permanecían todavía frescos, que lentamente se iban yuxtaponiendo con la emoción de acercarnos al inmenso océano Pacífico.


El barco se aleja del muelle de Barcelona
Agosto 1971: despedida familia




Atrás quedaban padres, hermanos y amistades… Atrás quedaba también un continente viejo y volvía a plasmarse en nuestra retina el Nuevo: ¡AMERINDIA!, la América morena…


El canal de Panamá

Canal de Panamá
Una cosa era haber estudiado en libros la faraónica obra iniciada por los franceses, a partir de 1880 -pero las enfermedades y los problemas financieros los vencieron y la obra fue proseguida en 1903, por  Estados Unidos-, y otra muy diferente experimentar el paso de un océano al otro a bordo de un trasatlántico.

A través de esclusas, que hacían subir el barco desde un nivel a otra altura, la nave llegaba hasta un lago natural, Gatún, situado en el centro de Panamá. El ascenso del barco constituía en sí mismo un espectáculo de ingeniería.

El paso se hacía de noche, pero en ese momento todos los pasajeros estábamos despiertos para captar como se cerraba la compuerta de la primera esclusa, se llenaba de agua para que el barco subiera a la altura de la siguiente y, arrastrado por unas orugas, se proseguía hasta atravesar los 80 kilómetros del canal.

Puente de las Américas sobre el canal de Panamá

 Por fin, llegábamos al nivel del lago Gatún, en el centro del istmo panameño, y de ahí, navegando ya el barco por sí mismo se presentaba ante nuestra mirada, en un claro amanecer, el inmenso puente de las Américas… ¡Ya habíamos llegado al Pacífico!




Noticias no muy gratas

En aquel tiempo no existía ni el internet ni la telefonía celular. Desde el 8 de agosto de 1971, cuando salimos de Barcelona, no habíamos tenido noticias del mundo: sol, piscina, lectura, cine, salón de baile  -al cual los devotos jesuitas ni nos acercábamos-.  Sin embargo, al cruzar el canal se acercó el capitán del barco a los cuatro pasajeros que íbamos a Bolivia, un matrimonio joven y los dos jesuitas (casi el total de los pasajeros viajaba a Chile) y nos anunció la noticia que había captado por su radio: ¡acababa de ocurrir un levantamiento militar en Bolivia! “¡Vaya!  -exclamé-, cuando llegué por vez primera, en julio de 1964, viví el golpe de estado del general Barrientos contra el presidente Víctor Paz Estenssoro. Ahora al regresar en este segundo viaje ya se anunciaba un nuevo golpe…”.

Las noticias eran confusas y no sabíamos quién sería el promotor de ese levantamiento militar. Tuvimos que desembarcar en Arica para que nos informaran que el coronel Banzer, el 19 de agosto, había encabezado el golpe y después de atacar a la universidad cruceña, con el apoyo de la falange, había llegado hasta La Paz y se autoproclamó presidente de la República. Qué ironías de la vida: esa falange de José Antonio Primo de Rivera, que fue la pesadilla en España en la época del franquismo, había sido trasplantada a Bolivia por el escritor, poeta y periodista cochabambino, Oscar Únzaga de la Vega, fundador en Santa Cruz de Falange Socialista Boliviana, FSB.  

Pero no hay que adelantarse a los acontecimientos. Todavía nos faltaba surcar el mar hacia el sur. Y así, nuevamente hicimos escala en Colombia, pero esta vez en otro puerto:

Buenaventura

Colombia tiene el privilegio de contar con dos puertos importantes, uno en el Océano  Atlántico, y otro, en el Pacífico. Ese es Buenaventura. Y si me llamó la atención al llegar a Cartagena ver a los niños recogiendo monedas desde el fondo del puerto, Buenaventura me sobrecogió por la pobreza y por la violencia de quienes desesperados se lanzan en búsqueda de un botín.

Cuando estábamos cerca de atracar en el puerto el capitán del barco advirtió a los pasajeros que no había que dejar abierta la puerta de los camarotes, ni llevar encima joyas u objetos de valor… Y rápidamente comprendí el porqué del aviso: desde el muelle saltó a cubierta un grupo  de personas que  -sin que el capitán ni los marineros del buque lo impidieran-   entraron por los pasillos de la nave, golpeaban las puertas y nos miraban amenazadores… Había que permanecer un día en Buenaventura mientras descargaban mercancía y cargaban otra nueva, rumbo a Chile. Lo mejor, por tanto, era descender del barco confiando en que no pasaría a mayores el asalto.

Ramón y yo decidimos pasear acompañando a Anne-Marie, una joven francesa que viajaba sola, como misionera laica, para trabajar como voluntaria en Valparaíso. Trabé amistad con ella durante la travesía y tuvimos la oportunidad de compartir nuestros puntos de vista sobre las misioneras religiosas y el papel de los laicos. Años después nos seguimos escribiendo y me comentó que iba a casarse con un chileno y viviría en ese país. 

Al momento de relatar estos recuerdos no quisiera ofender a tantos buenos amigos colombianos que he conocido después. Sin embargo, al leer las declaraciones del actual obispo de Buenaventura, constato que no fue aquella una impresión exagerada: "Es como si toda la maldad de Colombia   - manifiesta Monseñor Hernán Epalza-   se hubiera concentrado en Buenaventura, ciudad que se ha convertido en la nueva capital colombiana del horror”.

Y prosigue con su escalofriante descripción: “Esta es la ciudad de "las casas de pique", donde bandas criminales de origen paramilitar, dedicadas a la extorsión y el narcotráfico, descuartizan vivas a muchas de sus víctimas antes de arrojar los pedazos al agua”.

Finalizada la escala en Buenaventura, el barco prosiguió rumbo al sur. ¡Ecuador, con su puerto Guayaquil, nos esperaba!



jueves, 6 de agosto de 2015

RETAZOS DE UNA VIDA. Cap. 12: DE NUEVO, EL MAR (1ª parte)

Subirse a un transatlántico por segunda vez no era algo habitual en aquellos tiempos, cuando todavía no se habían popularizado los cruceros de placer… Y tampoco había de ser por placer que me embarcaría en otro navío italiano que, en lugar de trasladarnos hasta Brasil para desde ahí volar a Bolivia  -como ocurrió en junio de 1964-, nos llevaría esta vez por una ruta diferente, más larga que la primera aunque más entretenida: haríamos la travesía por el Atlántico y  -cruzando el canal de Panamá-  seguiríamos por el Pacífico…

¿Desamor a la familia?

Algo que me he planteado muchas veces, desde que llegué a Bolivia, es si yo había perdido el amor a mis padres, así como al resto de mi familia. Y la crisis me asaltaba  -creo que ya la he superado bastante-  cuando veía a la gente llorar por la pérdida de un familiar.

El primer golpe lo recibí en México, en un instituto para maestras donde daba clases. Un mañana, veo en el aula a una joven llorosa. Por respeto a ella y para no incomodarla pregunto a una compañera del curso qué le pasa a su amiga.
- Profesor, es que ayer murió su abuelita.  
-¿Su abuelita?, la miro sorprendido, ¿y por eso llora?
La joven me miró como si yo fuera un pequeño monstruo.
-Claro, profesor, es que vivía con ella y la quería mucho

Viene entonces a mi mente la imagen de mis abuelos con quienes apenas tenía ninguna relación cariñosa y de quienes nunca había recibido yo una muestra de amor. Cuando murió mi abuelo materno creo que ni el pésame le di a mi madre. Y viene también la visión de mis padres y la despedida, a mis 17 años, para irme al noviciado de los jesuitas, o de mi partida a Bolivia, a mis 24 años…




Ahora tengo 84… Y siento lo mismo, es decir, casi nada. No me sale ninguna lágrima, no siento una tristeza especial…





Y al escribir estas líneas a mis 84 años, cuando ya mis padres fallecieron hace años y cuando cada día veo los lloros, los mensajes de dolor de quienes pierden a un familiar en Bolivia, me pregunto si habré incubado en mi interior una dureza hacia quienes me rodean, tal vez como resultado de una infancia de post-guerra donde los padres apenas tenían tiempo para dedicar mimos a sus hijos mientras luchaban por conseguir el sustento diario, o tal vez también por la formación religiosa que hacía hincapié en aquello de “quien no deje al padre o a la madre por mí, no es digno de mí” (Mt 10:37).

En el puerto

Sea cual sea la explicación, ahí estoy, en el puerto de Barcelona, con 31 años de edad, la formación sacerdotal terminada, diciendo adiós a mis padres, a mis hermanos, a mis tíos, insensible a lo que pudiera ser el dolor de la partida, del alejamiento…

Y tal vez ese subconsciente formado durante años de infancia, de juventud y de vida religiosa con la mística de renuncias y desapegos, hacen mella en mi personalidad que no será capaz de sentir el dolor y expresarlo tal y como lo siente nuestro pueblo latinoamericano en general, y boliviano especialmente.

El barco se aleja lentamente del muelle. Las imágenes de la familia van difuminándose inmóviles sobre el cemento del puerto mientras el barco enfila su proa hacia el sur. Y mi vista se dirige hacia el mar, hacia la inmensidad de ese océano sin horizonte, donde el mar acaricia el firmamento. De nuevo hacia Bolivia…

Caracas

La primera etapa de descanso después de navegar desde Barcelona es el puerto de La Guaira, en Venezuela. Tenemos el día libre para descender del barco y pisar tierra firme. Un amigo jesuita con quien compartí estudios en Bruselas viene con su auto y nos recoge a Ramón y a mí, para hacernos conocer Caracas. La modernidad de edificios contrasta con enjambres de viviendas construidas sobre las laderas de los cerros. Un conjunto de casas tiene los techos pintados del mismo color. Más allá, en otro barrio, sucede lo mismo, pero con un color diferente. 

Nuestros amigo nos explica que eso indica el color del partido que está en campaña electoral: los candidatos regalan pintura para arreglar las casas, pero los “beneficiados” tienen que votar por quien les da la pintura. La prebenda será una forma de conquistar el voto del pueblo, aun cuando el ganador olvide luego sus promesas y las casas se despinten con una lluvia intermitente que penetra al interior mismo de los hogares… Han pasado desde entonces más de cuarenta años y la prebenda sigue arraigada en los políticos que, a falta de un discurso honesto y coherente, prefieren ganar el voto en base a prebendas.

La etapa en Caracas es breve, de ahí pasamos para repostar combustible en la cercana isla de Curaçao: el petróleo abunda en Venezuela, es su principal fuente de ingresos y para los barcos que llegan desde Europa les resulta más económico llenar los tanques en Curaçao, un territorio autónomo del Reino de los Países Bajos, con una superficie aproximada de 444 km². y cuya principal industria es el refinado de petróleo importado desde Venezuela. Por la isla transita una de las principales rutas marítimas del Canal de Panamá, la misma que seguiremos nosotros para llegar al puerto de Arica. Pero antes de eso…

Cartagena

Dejamos atrás Venezuela y bordeando la costa colombiana llegamos hasta el puerto de Cartagena.

La primera impresión que recibo, antes de atracar en el muelle es el espectáculo que nos aparece a la vista, al asomarnos por la borda del barco y ver a niños nadando que piden les echemos monedas al agua. Ellos se sumergen y salen a la superficie con la moneda en la boca como si hubieran conseguido un trofeo de guerra. El espectáculo me deprime: qué nivel de pobreza el de los chiquillos de diez o doce años que tienen que zambullirse en el mar para conseguir unas monedas…

Y pienso en san Pedro Claver, el jesuita catalán, llamado “el esclavo de los esclavos”, que dedicó su vida en la ciudad de Cartagena de Indias, entre los años 1615 – 1654, para atender a los esclavos negros trasladados desde África hasta América. En Cartagena eran vendidos y distribuidos a otras regiones para trabajar hasta la muerte y enriquecer con su vida a sus patrones.     

Pedro Trigo, en el Cuaderno 70, de la Serie Cristianismo y Justicia, titulado Pedro Claver, esclavo de los esclavos, relata algunos escalofriantes datos sobre el maltrato que se daba a la población “En cada lote de esclavos que llegaba a Cartagena siempre había un grupo que enfermaban por las condiciones de la travesía y que nadie los atendía. El encerrarlos en las bodegas del barco, la humedad, el hacinamiento, la inmovilidad, la mala comida y los excrementos acumulados llevaba a que contrajeran enfermedades contagiosas, tanto de la piel y luego de la carne (llagas infectadas y tumores), como de las vías digestivas, y se supone que también de las respiratorias.

En esas condiciones, el hedor tenía que ser absolutamente insoportable. Los testimonios abundan en las llagas, el pus y la carne que se caía a pedazos, además, de las frecuentes diarreas. El hedor y el temor al contagio aislaban a los enfermos. En las casas en que los tenían en cuarentena no había atención médica y estaban desnudos, sin ninguna medida profiláctica.

Al llegar el barco cargado de esclavos, Pedro Claver por medio de los intérpretes, les daba la bienvenida, abrazando y acariciando a cada uno. Les decía que estaba allí como padre de todos.  Averiguaba si había enfermos graves o recién nacidos en peligro, se dirigía donde ellos limpiándolos, aliviándoles con lo que había traído al efecto y dándoles algunas golosinas y de beber”.


Visitar esa ciudad que, por otra parte es una joya arquitectónica para los turistas, me ponía en la realidad de esta América Latina despojada de sus riquezas y esclavizada en su mayor parte por la voracidad de los españoles, primero, y de los herederos criollos, después…